lunes, 10 de septiembre de 2012

Las grandes potencias europeas del siglo XIX: Alemania bismarckiana. Las políticas interiores de Bismarck


Bismarck
(Archivos Federales de Alemania)
Bismarck dirigió los destinos del Imperio alemán hasta 1890, cuando el nuevo emperador, Guillermo II, le retiró su apoyo en un conflicto con el Reichstag. Bismarck era un junker prusiano, nada favorable al liberalismo ni al parlamentarismo pero respetó ambos desde un acusado pragmatismo. Aún así, luchó para frenar a las fuerzas políticas que consideraba hostiles: católicos y socialdemócratas.

 

a)     La política hacia los católicos

La Alemania de Bismarck generó un problema religioso. El Kulturkampf (lucha de culturas), movimiento cultural protestante, supuso un enfrentamiento con la jerarquía católica. Este conflicto fue protagonizado por el canciller Bismarck durante muchos años, desde el nacimiento del Imperio hasta el año 1887. Bismarck estaba alarmado por los decretos emanados del Vaticano, por los cuales la Iglesia tenía un derecho anterior al del Estado en relación con la obediencia de los ciudadanos, es decir, lo que se conoce como ultramontanismo. También se preocupó por la creación del Zentrum que se hizo fuerte en los estados y zonas católicos, con un marcado carácter antiprusiano. Es, entonces, cuando el canciller de hierro reacciona con la promulgación de las Leyes Falk, por las que la Iglesia tenía que someterse al Estado. El Vaticano intervino ante el gobierno alemán y, después de una serie de negociaciones, se llegó al acuerdo en 1887, que restablecía los derechos de los católicos, mientras éstos terminaron por vincularse, claramente, con el Imperio.

 

b)     La política hacia los socialdemócratas

El canciller de Hierro estableció una política claramente represiva hacia el creciente Partido Socialdemócrata Alemán. En 1878 dio la Ley de Excepción que prohibía la existencia de un partido obrero y ponía muchas dificultades a cualquier tipo de asociacionismo de los trabajadores. Pero la clandestinidad no impidió el crecimiento del movimiento obrero. Tampoco tuvo éxito la política social que Bismarck ideó para frenar las demandas y el crecimiento de la socialdemocracia. Dichas leyes tenían que ver con la enfermedad, los accidentes y las jubilaciones. Eran disposiciones con un acusado carácter paternalista, aunque sus enemigos políticos le acusaron de querer instaurar una especie de socialismo de estado. En realidad, las medidas del canciller fueron muy epidérmicas. Siempre se negó a regular el descanso dominical o la cuestión de la duración de la jornada laboral.

Prueba del ímpetu del movimiento obrero alemán es que, solamente, en el año 1889 hubo unas 110 huelgas. Famosa fue la huelga de los mineros del Ruhr y trágica fue su represión. Bismarck no pudo apartar a los obreros de la socialdemocracia y atraerlos al Estado imperial.

 

c)      La política en relación con las minorías nacionales

En la Alemania que se unificó había minorías nacionales: daneses, polacos, y alsaciano-loreneses. Destacaban por su número los polacos, ya que estamos hablando de unos tres millones. Los polacos demandaban cierta autonomía pero Bismarck no estaba muy dispuesto hacia ellos; los consideraba como "separatistas", e intensificó las medidas de germanización, prohibiendo el empleo de la lengua polaca, y reprimiendo al clero católico. El gobierno alemán intentó vender las fincas de los grandes propietarios polacos a colonos alemanes. Pero la nobleza polaca fue muy hábil: unió sus recursos y fundó un Banco, para poder comprar las tierras.

Los 200.000 daneses que vivían en Schleswig, territorio ganado por Prusia a Dinamarca en la primera guerra del proceso de unificación, también sufrieron un proceso de germanización, pero eran menos fuertes que los polacos.

En Alsacia-Lorena las medidas de fuerza provocaron una enorme resistencia, y el sentimiento nacionalista francés no sólo no se debilitó sino que fue creciendo hasta la I Guerra Mundial.

 

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